jueves, 24 de mayo de 2012

DAME LA MANO

DAME LA MANO



En este momento lograba oler otra vez la juventud.

Mientras se vestía, recogía sus cosas y se guardaba el dinero en el monedero,  Pepe no dejaba de mirarlo. Le saboreaba con la vista, viéndolo de espaldas, escuchando el silencio de la habitación en ese momento. Eran efímeros aquellos encuentros, lo sabía, y quería arañar cada segundo pagado,  con los cinco sentidos.

Con un seco adiós se despidió, y Pepe, volvió a sentir la compañía de su corto futuro en soledad.

Se asomó por la ventana, por la calle no pasaba nadie, la noche fría del invierno invitaba a meterse de nuevo en la cama, esta vez para dormir y dejar pasar el tiempo.

No podía creer lo que veía en ese momento, estaba allí, en la esquina, mirándole.

El frío se apoderó de sus huesos, de su mente, de su mirada. Respiró profundamente, cerró los ojos un instante, y se limitó a cerrar la ventana.

Se tumbó en la cama, se arropó con la manta, y echando la cabeza a un lado obligó a sus párpados a cubrir sus ojos, evitando en la medida de lo posible que escapara cualquier indició de lágrima. Aunque intentaría dormir, sabía que iba a ser complicado, pues se le hacía muy difícil pegar ojo, cuando sabía que no iba a soñar, pues su sueño, no estaba allí con él, ahora vivía en el aire que recorría las calles invernales de su hogar, las que un día fueron testigo de sus manos amarradas.

La mañana llegó, como había llegado día tras día, mes tras mes, año tras año, desde su despedida. Esa mañana, fría, silenciosa, que entraba por cada poro de su piel congelando sus lágrimas secas, le  levantó de la cama con las pocas fuerzas que le quedaban. Le invitó a pasear por las gélidas calles del barrio, pasear, observar, oler, saborear el presente de ese asfalto que aún estaba cubierto de los sueños que soñaron juntos.

Paso a paso se dirigió a la esquina de enfrente de su ventana, donde le pareció verlo de nuevo aquella noche, y allí sintió cómo una caricia le calentaba la espalda, cómo un aliento le recorría su piel fulminantemente erizada. Y le vino a la mente, la primera vez que se vio reflejado en sus ojos. Eran otros tiempos, tiempos de miedos, de nervios, de locuras, de juventud.

Ninguno de los dos daba crédito, en ningún momento de lo que les estaba sucediendo, los dos supieron verse reflejados en el interior de ambas miradas, los dos se encontraron mirando un solo camino, lleno de peligros, repleto de emociones, cargado de sentimientos.

A cada paso que iba dando, se le presentaban fotogramas de momentos inolvidables de entonces, pero esas ilusiones se veían nubladas por las dificultades encontradas en aquel sendero aparentemente tierno. Recuerda cómo el miedo hizo que su mirada gemela escogiera otro camino un día del pasado, recuerda cómo brotaron de sus ojos aquellas primeras lágrimas que hablaban de amor, que silenciaron una despedida.

Con aquellos recuerdos, y acompañado de su nostalgia, recorría lentamente, fijándose más que nunca en cada paso que daba por la calle de su rencuentro, la calle Pelayo.

Tras su particular éxodo, Pepe inmortalizaba en su memoria, ahora,  por esas calles, que  supo vivir cada momento del cambio de su país, de las personas.  Supo ver de cerca la libertad, palparla con cada centímetro de su piel. Vivió un sueño carnal, lleno de esperanzas, y nunca perdió la ilusión de que algún día, él, Juan, el que devoró con ansias toda su capacidad de amar, viera, viviera, disfrutara a su lado de aquellos cambios, de aquel viraje repentino de la vida, que les dejaría perpetuar los abrazos empapados que anhelaron en algún momento de sus ilusiones y sus miedos pasados.

Y así fue. Parado, con la gélida brisa acariciando sus arrugas, retrocedió una treintena de años para volver a ver como bajaba por la calle, como se acercaba a él, como le abrazó, sin más testigo que el silencio al que ambos se sujetaron, para no acabar en el suelo entre sollozos.

Mientras una sonrisa se dibujaba en su cansado rostro, revivió las mariposas de aquel momento, ahora sentía los mismos nervios que entonces, volvía a sentirse lleno de felicidad mientras se dejaba arropar con el aire helado de la mañana. Esa sonrisa eternamente vendría a recordarle, que el encuentro de aquellos caminos que un día no supieron ir juntos, al final tenía el destino deseado, en el cual forjaron ellos mismos, de corazón, su propia alianza eterna, olvidándose de los años que les separaron, olvidándose de la cobardía que le dejó huir en solitario a la gran ciudad. Ambos, en aquel momento, eran solo uno.

Ahora, sentado en la plaza del Rey, de su mente no se podía ir la imagen de sus manos juntas paseando por Libertad, viviendo deprisa, recorriendo Hortaleza, La Gravina, San Marcos. Eran otros tiempos, tiempos de locuras, de excesos, de libertades incontroladas. Vivieron mucho juntos, uno para el otro y el otro para el uno, recorriendo cada rincón de aquella ciudad que les daba la bienvenida sin preguntas.

La añoranza nublaba su reminiscencia, y la lágrima que le recorría por la mejilla, evocaba los deseos de marchar tras la búsqueda de Juan. Ahora se daba cuenta de la inconsciencia de tanta vida en tan poco tiempo. Todo hubiera dado por un poco de raciocinio entonces, todo lo daría ahora por borrar los recuerdos de los últimos años juntos.

No quería recordar, pero en su mente se agolpaban aquellas pesadillas. No quería revivir aquellos abrazos de tantas pieles juntas, tantos empapados momentos de locura desenfrenada, tantos embriagados instantes de una muerte, que se unía a aquellos abrazos, amarrados al amor externo de la frágil alianza que no había forma de forjar completa.

No entendía, con el paso de los años, en qué momento cambiaron la libertad, el amor, la justicia, la vida, por un billete en un tren repleto de ignorancia que no pararía en cada estación que les deparaba la vida.

Pepe no dejó de sujetar la mano de Juan en el trayecto de la corta vida que les dejó soñar juntos. Fue corto el camino que alcanzaron a caminar, plasmando en él,  un pie tras otro, dejando las cuatro huellas atrás. Maldecía el momento en el que se dejaron de ver sus dos pisadas.

Se limitaba a caminar, sin mirar atrás, entre la gente que empezaba a aglomerar la calle por la que se abría paso, sin soltar ni una sola lágrima. Ese adiós se quedó seco en su momento. Aquella tristeza fue, junto a la soledad generada, su compañera de viaje. Aún sigue viéndola a su lado, y conversa con ella, sin soltar una lágrima, en silencio.

A partir de aquel día, del último adiós de Juan, dejó de querer recordar, se limitó a deambular por la vida muerta a la que había vendido su alma. Sentimiento de culpabilidad, tristeza, añoranza y soledad, definían sus dos últimas décadas. Tan solo sabía, que olvidaba cada segundo, al segundo siguiente.

No logró alcanzar otra mano a la que amarrar. Se abrigó con pieles que le despejaron del frío de la soledad durante fugaces momentos, quiso encontrar en otros labios palabras mudas a las que acariciar con las suyas, pero no encontró la mirada que le acompañara, se limitó a sentir instantes de un fuego frío que acelerara la larga espera de su rencuentro, que como ya experimentó en el pasado, sería cimentado por un abrazo silencioso, donde tan solo existiera una sola persona, él y Juan.

Tubo que buscar un banco donde sentarse, muchos recuerdos  habían ido construyendo aquella mañana tras su visión. El cansancio estaba apoderándose de su mente, de su cuerpo, del frío invernal que coloreaba el aire que difícilmente lograba respirar.

Sentado en aquel banco, inmóvil, escuchaba unas sirenas cada vez sonar más cerca, empezó a notar alboroto alrededor, pero él seguía quieto, notando como un aliento de calor intentaba atravesar su ahora frío y acorazado cuerpo. Continuaba impertérrito, esbozando una sonrisa mientras veía como el joven de la noche anterior se acercaba a él, iba marcando con su paso un milímetro más de alegría en su rostro.

Continuaba el jaleo alrededor, pero él no intentó en ningún momento interesarse. Solo tenía ojos para él, Juan, que venía para encontrarse con él, que venía para abrazarlo, en silencio, esta vez para siempre. Se levantó del banco dejando atrás a todas las personas que le rodeaban en ese instante, y se dirigió a Juan.

Desnudó su mirada, y con las manos cogidas, vio como el tiempo no había esperado, se había ido, fluyó, dejando en él recuerdos, surcos secos que recorrían ahora su rostro, arrugas, que un día se formaron con las sonrisas generadas por aquella mirada.

Juan se le acercó al oído, y volvió a sentir la caricia que le calentaba la espalda. Juan mirándole a los ojos, le enseñó un camino infinito, la ciudad había desaparecido, le tendió la mano, y le susurró las últimas palabras que escucharía de sus labios, que le ofrecían la vida, ahora sin pulso:

-          Silencio Pepe, ¿Ves ese camino sin fin?  Es todo para nosotros. Dame la mano y deja tus huellas atrás, junto a las mías.

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